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En ‘Nostalgia’ (1983), de Andrei Tarkovski, Tras el sacrificio público, ardiendo, de Domenico (Erland Josephson) en la plaza (que adelanta el que el mismo actor encarnará, en otra variante, en ‘Sacrificio’), acaece una de las secuencias más asombrosas que ha dado el cine (desde luego una de mis preferidas): Durante ocho minutos y medio somos testigos, o más bien ya participes, del gesto, inducido por Domenico, de Andrei (Oleg Yankovsky) de cruzar la terma, sin agua, de un extremo a otro, con una vela encendida en la mano, sin que ésta se apague (para lo que se necesitará tres intentos). Un plano secuencia, el tiempo sin cortes, acompasado al lento y cuidadoso paso de Andrei (protegiendo la vela con la mano libre de cualquier posible ráfaga de aire), la lentitud que es propulsión, forja. El tiempo ‘realizado’, hecho carne, aliento, raíz, sendero, desplazamiento, música, el logro de ‘habitar la duración del momento’ (en expresión de Miguel Morey). El gesto que es apuesta por lo posible, como la forja de la campana en ‘Andrei Rublev’, el regar un árbol cada día como el niño de ‘Sacrificio’, o el aún creer que se pueden superar las limitaciones y hacer posible la Zona o Solaris.

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